United Colors of Saint Laurent

Después de presentar «La colección más fea de París» que causó un notable revuelo mediático entre la población de la época que aún no había asimilado la guerra, el escándalo se evaporó dando paso a una nueva era. Atrás quedó esa provocadora colección que pisaba con suelas de plataforma y se protegía de las críticas con un abrigo de zorro de color verde. El color de la envidia. En cierta ocasión Yves Saint Laurent dijo que de día le gustaban más los colores mate porque consideraba que la luz de París se ajustaba mal a los colores vivos, mientras que de noche prefería ver a las mujeres «como aves del paraíso».

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«La colección más fea de París»

En su noveno cumpleaños, tras soplar las velas delante de su familia, Yves Henri Mathieu Saint Laurent ya lo tenía claro: «Un día, mi nombre estará escrito en letras de fuego en los Campos Elíseos». Yves Saint Laurent entró en el mundo de la moda y la convirtió en arte. Y el arte en moda con altas dosis de destreza y originalidad.

Atormentado durante su infancia por algunos compañeros que parecían no querer enterarse de su homosexualidad, el pequeño Yves se sentía distinto al resto. No solo por su sensibilidad y timidez, también su amor por el teatro que no abandonaría a lo largo de los años o su disfrute con revistas de moda como Vogue de las que tomaba modelos de vestidos para posteriormente reproducir en papel, lo convertían en un joven distinto. Un niño angustiado en silencio que en sus ratos libres llegó a copiar con tinta roja Madame Bovary de Gustave Flaubert ilustrando algunas de sus escenas para evadirse del mundo que le rodeaba y que luchaba contra la insoportable realidad llevando una doble vida que se movía entre la felicidad que inventaba con sus dibujos y la exclusión por parte de sus compañeros: «Me vengaré de vosotros: no seréis nada y yo lo seré todo».

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«Historia de ohhh…»

La mujer busca en la fotografía de moda un espejo en el que contemplarse de manera idealizada. Cómo sería ella sin complejos, con ese vestido y de qué forma la verían los demás. No fue hasta 1913 que Vogue sustituyó las imágenes sin gracia de la portada y el interior de la revista por una fotografía en blanco y negro realizada por Adolphe de Meyer. A él le siguieron otros grandes como Horst o más recientemente Richard Avedon, que con su técnica y dedicación marcaron el devenir de la fotografía en las revistas de moda.

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Come fly with me

Hasta principios del siglo XX las mujeres tenían que sufrir para estar bellas dentro de unos corsés que se fortalecían con metal y almohadillas en las caderas y bajo los brazos para exagerar la estrechez de la cintura. Pero las sufragistas inglesas y, poco después las francesas, se opusieron a esta prenda que fue sustituida por una nueva silueta creada por el modisto francés Paul Poiret, caracterizada por un estilo mucho más lánguido. A partir de entonces las mujeres pudieron volver a respirar con total libertad.

Las bellezas de grandes pechos, adoptaron esta nueva silueta inspirando a toda una generación de chicas adolescentes que querían copiar ese look “sweater girl” que consistía en llevar un jersey ajustado sobre un pecho prominente. El sujetador se presentada como la prenda perfecta para realzar los encantos de las jóvenes y el Wonderbra relanzado en los 90 se convirtió en todo un fenómeno de ventas ayudado por Eva Herzigová y su “Hello Boys”.

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Yes, I do

“Diamonds Are a Girl’s Best Friend”. Así lo cantaba Marilyn Monroe en una escena de la película Los caballeros las prefieren rubias en 1953. Y de algún modo estaba en lo cierto. Las joyas tienen la increíble capacidad de conseguir que una mujer deje de serlo por unos instantes para ser una dama. No solo eso, sino que además te hacen sentir especial y puede que sea lo único que quede de alguien para los próximos siglos. No es solo la belleza de una pieza sino el valor que tiene y la historia que cuenta de una persona. Aunque Coco Chanel intentara convencer a las mujeres de la alta sociedad de que la bisutería podía ser tan aceptable como las joyas auténticas, Holly Golightly disfrutaba contemplando el escaparate de Tiffany & Co mientras desayunaba vestida de Givenchy. Sin embargo, para ella los diamantes siempre fueron para “señoras mayores”. “Breakfast at Tiffany’s” me hizo reflexionar sobre esto. Me hace pensar en el clasicismo y lo moderno. En el pasado y el presente. Y en una sociedad contemporánea que por muy bohemia y macarra que parezca, no ha abandonado del todo algunas de las tradiciones más lujosas.

Holly Golightly

Holly Golightly en Breakfast at Tiffany’s

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Fashion Red – Living Room

“<<Lo primero que hay que hacer, cariño, es arreglárselas para nacer en París. Después de eso, todo viene de manera bastante natural.>>”

En Julio de 1903 nacía en París Diana Vreeland. No solo tuvo la enorme suerte de venir al mundo exactamente en su lugar favorito, sino que además consiguió vivir en uno de los períodos más bellos de la historia, la Belle Epoque, que contagiaría a esta peculiar mujer de un gran sentido de la moda al mismo tiempo que era criada en un mundo de belleza. Una belleza que no se vería reflejada en su singular físico con su ya simbólica nariz aguileña. Esto hacía que la relación con su madre fuera de todo menos idílica, teniendo que soportar de esta que le dijera que ella era el patito feo de las dos hijas. Incluso Truman Capote llegó a referirse a ella diciendo que tenía aspecto de “pájaro exótico fuera de la selva con perfil de tucán”. Pero a pesar de nunca haber sido la más bella de todas ni la más rica, supo construir a su alrededor un auténtico imperio del lujo rodeada de las modelos más atractivas y generando enormes beneficios económicos.

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Tom Ford-Fiesta

Los excesos no son buenos, tampoco en la moda. Pretendo decir con esto que puedes seguir tendencias y hacerte con las prendas predilectas de la temporada que durarán en tu armario seis meses si la fortuna está de tu parte, pero jamás puedes fallar a tu estilo. Sino pierdes tu encanto, el perfume que te define y, tu esencia.

Tal vez Tom Ford no sabía en qué lugar terminaba la mujer a la que deseaba vestir, pero siempre supo que ésta debía empezar por los zapatos de tacón. Una oda a la feminidad o el más cruel de los castigos por parte de un miserable misógino. Pero que conseguía darle a la mujer el poder para someter a un séquito de individuos. Como cuando frente a un espejo se pinta los labios de rojo y esconde todo rastro de vulnerabilidad y una apariencia indefensa.

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