La semana de la moda de Nueva York ha terminado tras ocho intensos días de nuevas propuestas. Una vez más, la industria tiene que digerir a un ritmo casi frenético el sinfín de desfiles que se presentan en una de las capitales de la moda más importantes del mundo. El desconcierto de la gente de la calle es de lo más lógico si tenemos en cuenta que lo que ahora mismo exponen las firmas será tendencia el próximo verano. Así es, acabamos de dejar atrás la temporada estival y ya podemos saber lo que llevaremos en la siguiente.

Durante los meses que habrá que esperar para poder llevar alguna de las prendas que configuran las colecciones de prêt-à-porter, las firmas tienen tiempo para producir en serie reproducciones ‘llevables’ de lo que vemos y distribuirlas a los diferentes puntos de venta y compradores independientes. La campaña será fotografiada y llegará a nosotros ocupando las páginas de publicidad de las revistas. Las propuestas y desfiles de verano no verán la luz hasta el número de marzo y la publicidad de invierno tendrá que esperar a septiembre (de ahí la superlativa importancia y el excesivo grosor del September Issue)

Seguir tendencias parece una tarea de lo más compleja, si no fuera porque en ocasiones los diseñadores se limitan a hacer continuaciones del trabajo anterior u obvias imitaciones de colecciones pasadas. El caso de Givenchy con Riccardo Tisci al frente es tal vez el más reciente: un desfile en el que las nuevas propuestas del diseñador quedaban eclipsadas por una serie de espectaculares vestidos que ya habíamos visto antes y habían sido rediseñados cambiando colores y pequeños detalles para regocijo de los asistentes, que aplaudían este homenaje de Tisci en las redes sociales sin prestar mayor atención en los nuevos saltos de cama que hacían su primera aparición en escena combinando sedas, satén y encajes en prendas  que se mueven desde el más virginal blanco hasta el gótico y oscuro negro. Una estrategia inteligente por parte del director creativo de la firma, que se alejaba en esta ocasión de los gigantes de la moda con los que le toca competir en París (Chanel, Dior, Vuitton, etc.) para conseguir el monopolio de la atención.

A model walks the runway wearing Givenchy Spring 2016 during New York Fashion Week at Pier 26 at Hudson River Park on September 11, 2015 in New York City.

Candice Swanepoel en el desfile de Givenchy. Foto: Getty Images

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Joan Smalls en el desfile de Givenchy con vestido inspirado en el de la Alta Costura primavera 2010 que llevó Natalia Vodianova en pasarela y Zoe Saldana en los Oscar de 2010

La inspiración surfera de Victoria Beckham, el espectáculo cinéfilo de Marc Jacobs o la extraordinaria belleza que imprime Josep Font a cada vestido. El peculiar encanto de Rodarte  o Proenza Schouler. Minimalismo en Calvin Klein o Narciso Rodríguez, cuero deportivo en Rag & Bone o elegancia inteligente en Carolina Herrera. Homenaje a Nepal en Prabal Gurung, al País Vasco en Altuzarra, y la mirada a España de Peter Copping en un Oscar de la Renta que se aleja un poco de las raíces del dominicano, sin perder la esencia, y cada vez se acomoda más a una nueva etapa con vestidos igualmente bellos y majestuosos. El grado de sofisticación que han adquirido algunas firmas, unido a la calidad y complejidad de sus prendas, hacen que podamos hablar de un nuevo término que se mueve entre el prêt-à-porter y la alta costura: la demi couture. No tan nuevo quizás.

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Maartje Verhoef cerrando el desfile de Oscar de la Renta. Foto: Vogue Runway

Podríamos aplicar este término a algunas (la mayoría) de las colecciones que Galliano hacía para su propia firma. Sin contar con casa propia de alta costura, sus presentaciones contaban con el ingrediente teatral o la dificultad técnica del proceso de creación. El desfile para la primavera/verano de 1994 es toda una declaración de intenciones: las modelos corrían asustadas por la pasarela con vestidos compuestos por grandes y voluminosas faldas que escondían bajo la tela cables de teléfono para conseguir volumen sin que llegaran a pesar.

Para la colección de invierno de 1994-95, convocó a un gran número de supermodelos que desfilaban de forma gratuita en una mansión prestada. John Galliano estaba pasando por una mala época. No tenía dinero y tuvo que pedir favores a sus amigos (entre ellos el sombrerero Stephen Jones o la estilista Amanda Harlech) para poder dormir en el suelo de sus casas. En esta presentación de prêt-à-porter para su propia firma había medias negras, joyas y diamantes. La mayoría de las prendas eran negras a excepción de un vestido rosa palo que llevó Kate Moss, inspirado en la forma de hacerse un nudo en la espalda de las mujeres palestinas para hacer pan. El abrigo de Nadja Auermann había sido concebido del revés, después de que Galliano en cierta ocasión decidiera ponerse un abrigo suyo de forma que el cuello quedaba en la cintura y la parte de arriba se doblaba consiguiendo unas enormes solapas. Un año más tarde consiguió su trabajo en Givenchy.

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Kate Moss para John Galliano prêt-à-porter invierno 1994/95. Foto: Vogue Runway

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Nadja Auermann para John Galliano prêt-à-porter invierno 1994/95. Foto: Vogue Runway

El trabajo de Galliano en su firma era mucho más flexible y podía permitirse el lujo de experimentar y explotar al máximo su locura e imaginario. Para la primavera/verano de 1997 ideó un espectáculo circense que seguía una línea argumental de lo más insólita. La trama era la de una muchacha virgen ucraniana que se va a casar y huye de la boda para unirse a una familia de gitanos con la que viaja alrededor del mundo convertida en trapecista. El desfile estaba estructurado de forma que terminara con la función del circo y una auténtica explosión de colores.

Naomi Campbell, Helena Christensen, Eva Herzigova, Kate Moss… Todas tenían que andar erguidas con aire de superioridad. Y Nadja, la estrella del momento desde que decidió teñir su pelo de aquel icónico rubio platino. Karl Lagerfeld dijo que sus piernas eran once centímetros más largas que las de una mujer de su misma talla. Verla desfilar era como asistir a una demostración de perfección y rigidez. La noche antes del desfile acudía al taller de Galliano para terminar las pruebas de su vestido, un modelo inspirado en un chándal grunge de los años 50 con aplicaciones que simulaban un caballo. Todas tenían libertad para interpretar un papel diferente en aquel viejo almacén de vinos convertido en carpa de circo con el único requisito de que estuvieran altivas. Justo después de esta colección se hizo público que Galliano comenzaría a trabajar en Dior. En Givenchy, la figura del gibraltareño era sustituida por McQueen. Pero eso ya es otra historia…

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