Dícese del tránsfuga que es una persona “que pasa huyendo de una parte a otra”. Como una estrella fugaz que, en apenas unos segundos, desaparece en el tiempo justo para poder pedir un deseo. Aquel que abandona una ideología o creencia y pasa a formar parte del bando de los enemigos. Tal vez un chico como Lee Alexander McQueen que abandonó Londres, la Corte Celestial en la que habitan los valedores de los hombres o el mismísimo infierno, para regalarnos algunos de los momentos más conmovedores e idílicos de la historia de la moda.

El impecable trabajo de este diseñador británico podría ocupar una decena de entradas y seguiría siendo insuficiente. Aun así, la presunta vuelta de los icónicos zapatos presentados en su desfile de primavera/verano 2010 (de los que solo existen veintiún pares) para recaudar fondos de ayuda a los afectados en el terremoto de Nepal, despertaron en mí la necesidad de recordar esa última presentación en vida del diseñador y su colección póstuma.

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La historia de Alexander McQueen como diseñador comienza a principios de los 90 después de presentar su colección de graduación en la Central Saint Martins, donde también cursaron Stella McCartney o John Galliano. Allí mismo, la otrora editora de moda de Vogue UK Isabella Blow, se convirtió en su gran descubridora, musa y amiga tras comprar al completo toda la colección que él mismo había titulado “Jack el destripador acecha a sus víctimas”. Aunque no solo ella apreció el talento de Lee –como lo llamaban sus amigos-. El francés Bernard Arnault, propietario mayor del conglomerado de lujo LVMH, le encargó la labor de suceder a Galliano al frente de Givenchy, pese a que no duró en la maison demasiado tiempo y optó por abrir sus alas y volar en solitario.

Su propia firma procedía de sus ideas descabelladas. Una mente atormentada y torturada por los demonios internos que extasió a los grandes entendidos de la moda que se agolpaban en el front row de sus desfiles y a las celebrities y modelos con las que entabló una consolidada amistad. A estas últimas las llegó a empapar con una catarata en el centro de la pasarela y las bajó al infierno en un show en el que el fuego era el principal protagonista y avivaba la llama del interés de los asistentes. Abusó de ellas con máquinas para pintar coches construyendo un vestido inolvidable y un momento inimitable bajo la atenta mirada en directo de los que contemplaban el movimiento de Shalom Harlow con el antaño vestido blanco. Las obligó a pasear lobos vestidas de caperucitas violeta, a desafiar vientos tempestuosos en una caminata imposible. Jugó con ellas como si de figuras de ajedrez se tratasen y las hizo bailar. Las vistió de reinas con joyas en la cabeza rindiendo un homenaje a la Reina Isabel II de Inglaterra o cubrió su pelo con auténticas bolsas de basura.

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Shalom Harlow al final del desfile SS 1999 de Alexander McQueen

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La labor de creación de un diseñador es bien compleja. Son muchos los que piensan que el director creativo de una firma se dedica a juguetear con el lápiz y el papel hasta conseguir dar forma a una obra que, en ocasiones, es motivo de burlas o ni siquiera pasa a ser considerada como un vestido o chaqueta por su desigualdad con lo que solemos ver a diario por la calle o la versatilidad que presenta. No obstante, el trabajo de estos artistas responde a un instinto capaz de plasmar en una prenda de vestir un sueño. De crear belleza en lo que otros no ven, solo apreciable por una mirada educada. De expresar en sus diseños aquello que les angustia por la noches o les obsesiona al despertar. De sentirte satisfecho al contemplar un lienzo, una escultura, un edificio, una obra que representa una parte de ti que no siempre es explícita y manifiesta.

McQueen era capaz de hacer soñar a todos con su próximo desfile. Contar los meses y esperar las temporadas para sorprender con un show que podía ser obscuro y gótico o rendir un homenaje a épocas pasadas con voluminosas faldas, vistosos encajes y flores que nacen del pecho de una mujer. La magia que desapareció después de presentar su última colección en la que aquellas criaturas híbridas creadas a partir de la unión entre mujeres y seres marinos calzados como reptiles del futuro eran las absolutas protagonistas.

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La expectación aquel día la generó Lady Gaga –que después luciría en su videoclip Bad Romance los zapatos de la colección- unos minutos antes del desfile anunciando que el diseñador iba a presentar su nuevo single. Este lo hizo al término de la presentación cuando las modelos caminaban en el carrusel final. Una pasarela iluminada estaba custodiada por dos siniestras cámaras de cine, robóticas y descomunales, que corrían de un lado a otro. Detrás, una enorme pantalla proyectaba al comienzo imágenes de Raquel Zimmermann retorciéndose en la arena rodeada por algunas serpientes que se enroscaban en su cuerpo como si de Nastassja Kinski se tratase. Las modelos aparecían con vestidos cortos estampados con dibujos de reptiles impresos digitalmente. Minutos antes, McQueen fantaseaba con un futuro que podría darse de nuevo bajo el agua. Esta era su forma de comunicarse. De transmitir un mensaje titulado ‘Plato’s Atlantis’ inspirado por las teorías de la evolución de Darwin.

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Raquel Zimmermann por Nick Knight. Alexander McQuenn SS 2010

La muerte de Issabella Blow y de su madre unos meses antes, devoraron cual reptil de aquella colección de McQueen lo que quedaba del diseñador, y la mañana del 11 de Febrero de 2010 amanecía con su terrible desenlace que a tantos dejó huérfanos. Sus últimas creaciones recibieron un homenaje final por parte del equipo creativo en un hotel parisino del siglo XIX. Los pocos presentes corroboraron en silencio su ingenio. Apreciaron aquellas obras que recuperaban la esencia más artesana del diseñador y revisitaban detalles y símbolos de colecciones pasadas: las plumas doradas de aquel vestido como si pertenecieran a las alas que ocuparon su desfile de Alta Costura en 1996 para Givenchy, titulado ‘Ícaro’, y que después el robó para emprender su creación en solitario.

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Marcus Schenkenberg como Ícaro en el primer desfile de Alexander McQueen para Givenchy. SS 1997

Tras esto, fue Sarah Burton –su mano derecha desde hacía muchos años- la que se puso al frente de la firma y decidió comenzar un difícil trabajo. Es complicado mantener vivo el espíritu de un diseñador asociado de por vida a la polémica y conservar su personalidad sin caer en la copia. Mucho más fácil lo tienen los que sustituyen a un diseñador que perteneció a un tiempo más lejano, porque en el caso de Dior consiste en adecuar los conceptos básicos como el New Look a la situación de la moda actual. E imagino que a Burton le será complicado rebasar a McQueen, admirado por todos sin necesidad de copar las revistas de moda con sugerente publicidad, por muchos vestidos de novia que diseñe a Kate Middleton.

Quizás con Alexander McQueen y sus escasos 40 años murió la ilusión por un nuevo desfile de la firma. Pero nació la leyenda. Los sombríos espejismos de sus desfiles, el mundo ficticio que era capaz de construir unos minutos antes de salir a saludar tímidamente cuando acababan aquellas presentaciones, hoy forman parte de cientos de libros que recuerdan su historia. Que permiten transmitir el legado de un hombre sin igual cargado de talento. Que nos facilitan, a todos los que lo admiramos, el cometido de regocijarse o sufrir con los frutos del corazón y la mente de este genio atormentado.

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Lee Alexander McQueen por Tim Walker

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